Fundación Veintiséis de Diciembre

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Fundación Veintiséis de Diciembre

Desde nuestra ilusión y ganas de cambiar la sociedad y el mundo, queremos empezar, y lo estamos haciendo, por nuestro entorno más cercano, algo tangible, pequeño e importante. El primer paso ideológico es la creación de espacios donde se puedan poner en valor común la participación activa, el aprendizaje a lo largo de la vida, la convivencia.Se ha empezado por la apertura y puesta en marcha del Centro Socio-Educativo 'La Casa de la Abuelx', en el centro de Madrid, concretamente en Lavapiés. Un barrio con solera, con historia, con color. El Centro se alza como un espacio de encuentro, de tranquilidad, de acogida, de creación, de conocimiento, de aprendizaje, de convivencia. Es un recurso necesario para empezar a trabajar, para empezar a juntar ideas, sueños, fuerzas, capacidades, realidades...; para empezar a experimentar, a ir cambiando, a ir comprometiéndonos y también para jugar, para pasárnoslo bien. Queremos hacer de 'La Casa de la Abuelx' una especie de laboratorio de la vida, un espacio vivo donde se transmitan valores que enriquecen a las personas como el respeto a la diferencia, la ayuda mutua, el estar presentes, el resolver dificultades, el compartir.

El Centro Socio-Educativo se presenta como un lugar necesario para ser visibles, para empoderarnos, para ser protagonistas, para participar de forma activa, para diseñar y cambiar lo que no nos gusta. Se presenta, además, como alternativa a esos Centros de mayores donde sólo pueden pasar mayores, donde eres usuario, paciente, donde nos convierten en objetos de trabajo y no en la estrella principal. Como alternativa a los lugares previamente organizados y planificados para cumplir con unos requisitos que piensan más en la eficacia que en la persona, Como alternativa a esos lugares donde dejar pasar el tiempo y esperar a no se quiere saber el qué, donde te hacen de todo: te limpian, te dan de comer, te llevan al baño, te, te, te... Algo sospechoso, pero aceptado por cómodo. "No se preocupe por nada, yo le doy las pastillas" Y fin del problema.

Hasta este momento, el balance es positivo. La acogida ha sido enorme y está teniendo bastante aceptación. Se acercan muchas personas a nuestro espacio para saber exactamente qué es, que se cuece por allí, cuales son los hilos que lo mueven, cómo nos financiamos, quien manda aquí… Lo mejor de todo es que tras satisfacer esas curiosidades se unen a las personas que llegan queriendo colaborar, participar, construir comunidad. Nuestra posición al respecto es bastante clara y tratamos de hacerla llegar de la misma manera a todas. La Casa de la Abuela es un espacio de todas y para todos, un espacio que será lo que seamos capaces de hacer y dar. No hay hojas de ruta predeterminada, la tenemos que construir entre todos. Actualmente estamos tratando de centrarnos y de trabajar para dar a conocer nuestra realidad, para ayudar a dar respuesta a tantas necesidades que existen, para aprender a ser felices, para deconstruir ideas como la que refleja la actriz Antonia Sanjuan en su monólogo Que buena es mi hija Mari: "Mira si soy cristiana que no me siento feliz ni cuando soy feliz, me pregunto habré hecho algo malo".

En definitiva, estamos construyendo un espacio que nos hace ser felices. Pero no acaba el cuento, eso de que Vivieron felices y comieron perdices no es nuestro final. Nos tenemos que dotar de herramientas que favorezcan y ayuden a desarrollar y exportar este modelo porque no queremos ser una isla. Desde la Fundación Veintiséis de Diciembre queremos ser una epidemia, que se multiplique y que colonice el sentido común. Hemos sido testigos de los cambios del Franquismo y seguimos siendo testigos de grandes Instituciones que nos aislan, que recluyen a la persona molesta y diferente para que no afee la vista bonita de las calles. Somos testigos de una especie de cárcel social camuflada, lavadora de conciencias, llenas de casas de caridad, de Centros especializados y disgregadores con ciertos derechos que se han vuelto a convertir en aparcamientos de problemas sociales, de mayores no deseados y donde no se trabaja comunitariamente para que sigan en su entorno y participando en la medida de sus posibilidades en las relaciones del barrio. Todo eso desde una perspectiva normativa y heteronormativa. Porque las personas mayores LGTB son otra cosa, son invisibles. Directamente no existen y punto.